viernes, 2 de abril de 2010

La violencia como motor de la historia

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com


La violencia de los hombres es tan vieja como la discusión sobre su legitimidad. Es legítima para quienes, teniendo el poder, quieren perpetuarlo; es legítima para los oprimidos que quieren sacudirse el yugo del poder; es legítima en los dioses para imponer su santa y soberana voluntad; es legítima en el Dios de los cristianos para castigar a quienes burlan sus leyes y doctrinas, y es legítima para todo aquel a quien le dé la gana de saberse o creerse con la verdad revelada. En definitiva, según el hombre, que es quien la ejerce, la violencia es legítima si le es conveniente, y para reinar, o simplemente sobrevivir, y por ello ha terminado legitimándola, aquí y allá, por esto y por aquello. Sin embargo, la violencia le es consustancial a la naturaleza de los seres humanos. Desde nuestro más remoto origen en el seno materno, hasta la muerte, nos creemos con el derecho y el deber de ejercerla, y la ejercemos legitimándola desde nuestra razón. Es casi espontánea. La practicamos para imponernos o para defendernos; para opinar, o para acallar una opinión; para hacer valer unos derechos o para conculcar los derechos de los otros. A veces, ante una violencia tan generalizada y tan manifiestamente originaria en la condición humana, se pone uno a pensar cómo sería el mundo de los hombres en sociedades que no desplegaran la violencia. ¿Cómo sería su desarrollo? ¿Tendría la paz la misma fuerza de cambio y de progreso que genera la violencia?

Leí en alguna parte a alguien que citando un ensayo de Hannah Arendt, decía lo siguiente:

La violencia, según ella, no sirve para ejercer el poder, tan solo para obtenerlo. Si se tiene que gobernar con violencia, lo que emerge no es un poder, sino el terror. La violencia es siempre instrumental; es un medio para un fin. Mientras el poder es algo que requiere legitimarse, la violencia es algo que requiere justificarse. Una cosa es el uso legítimo de la violencia, que es el que tienen los que están en el poder para proteger los intereses de la mayoría, supuestamente, en tanto la representan; otra cosa es el uso justificado de la violencia para lograr sacar del poder a los que lo tienen, porque se considera que ya no lo tienen de manera legítima: eso es lo que entendemos por una revolución.

No cuesta mucho trabajo, entonces, trasladar a la Colombia de hoy estas apreciaciones de la filósofa alemana. Tienen todo que ver con nuestro actual conflicto y nos ayudan a discernir mejor lo que está ocurriendo. Cada cual, gobierno, ejército y paramilitares, de un lado, y guerrillas y protestas populares y sindicales del otro, intentan a través de la violencia y de la guerra, como instrumentos para ellos plenamente justificados, legitimar su posición y establecerse o mantenerse en el poder, que es su fin.

De ahí que sea sólo la Historia, alimentada por ese motor intrínseco suyo que es la violencia, quien emitirá tarde que temprano su veredicto y quien terminará dándole la razón a los que, con fundamentos y justicieras y puntuales razones, la supieron esgrimir.

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