sábado, 13 de marzo de 2010

Los recuerdos que matan

Por Germán Uribe
guribe3@gmail.com

La vida es una sucesión de hechos que con el tiempo se transforman en recuerdos. Y los hay de todos los calibres: buenos, regulares y malos. Dante afirmaba en El Infierno que no había nada más doloroso que recordar en la miseria aquellas épocas felices. Otros dirán que recordar las miserias pretéritas cuando se está en la abundancia produce una exquisita sensación de resarcimiento y revancha. Pero, para mí, hay un aspecto extraño que tiene que ver con el misterioso mundo de los recuerdos. Si uno lo examina a fondo, se da cuenta: todo recuerdo feliz, todas aquellas remembranzas de momentos placenteros y positivos, cuando los retomamos, cuando nos vuelven a la memoria, pueden producir una pequeña satisfacción y nada más. En cambio, cuando nos asalta el recuerdo de algún infortunio o se nos viene inesperadamente a la memoria la evocación de algún pasaje infeliz de nuestra vida, pareciera que aquella situación desafortunada que tuvimos que padecer se reencarnara y volviera a producir en nosotros los mismos efectos. Los recuerdos buenos son sólo recuerdos buenos, mientras que los recuerdos malos reviven al monstruo en las entrañas. Por ello no se puede estar de acuerdo con Séneca cuando sentencia que lo que fue duro de padecer es dulce de recordar. Por el contrario, se me ocurre que si lográramos suprimir de nuestra memoria todos aquellos recuerdos que alguna vez y en mala hora nos agredieron el alma, aunque no recurriésemos a los buenos momentos, la vida se nos haría un poco más llevadera y liviana. ¿Pero quién puede liberar al hombre de su tendencia memoriosa, un tanto masoquista, a pasearse con frecuencia por sus más infelices recuerdos? ¿Cómo dejar de revivir, en las buenas y en las malas, las desventuras pasadas?

Recordar lo bueno puede llegar a producirnos un leve cosquilleo de deleite, es cierto. ¿Pero cómo hacer, repito, para que el hombre logre sepultar todos aquellos recuerdos malos que cuando sobrevienen parecen querer hacerle repetir la infame y punzante historia?

Este de los recuerdos, definitivamente, es otro de los tantos castigos que golpean al ser humano en el transcurso de su existencia. Y no ha faltado quien haya clasificado por sexo este lastre. Tácito condena sin atenuantes a los hombres y podríamos decir que privilegia con cortesía a las mujeres cuando dice:

“Corresponde a las mujeres llorar; a los hombres, recordar.”

Por ello, me reafirmo en el rechazo a la cursilería contenida en aquella frase idiota de “recordar es vivir.” Recordar es, en todo caso, seguir muriendo lentamente con el lastre voraz de la memoria picoteándonos el cuello.

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